Hugo Gaitto era un ciudadano de Villaviciosa, ciudad que eligió para vivir hacemás de 30 años y en la que deja un legado que conviene rescatar con palabras.

Vivimos unos tiempos en que los valores y patrones del éxito y el triunfo estándesvirtuados, por eso es importante buscar cuidadosamente los caminos que queremosseguir, las huellas en las que reconocernos.

¿Dónde encontramos más misterio: en un bosque o en las olas del mar? La bellezade una morera, espléndida, que en estos primeros días de marzo comienza a brotaren el patio de juegos de las Escuelas Graduadas. Tomarse unos minutos para recibirel sol. Despacio. Cruzar la calle para entrar en un bar y compartir vida mientrastomaba un vino observando.

Una biblioteca, la José Ingenieros de Zárate, que fue vanguardia en los años 70en Argentina, fue el pasaporte de entrada en España, país en el que continuótrabajando en la cultura: el teatro, la radio, el cine, la literatura. Los títeresde la carretera trajeron a las tierras asturianas los textos de Villafañe, su pasopor la Villa quedó comprometido con el Ateneo Obrero, El Círculo de Valdedios...pero el patrimonio inmaterial que nos deja también está en sus carcajadas sonoras,su ironía para leer el mundo.

Hugo era un hombre apasionado y creo que ese era uno de los secretos que mejor lodefinían. La música de amplio rango: de Bill Evans a Billie Holiday, pasando porVioleta Parra a Hilda Herrera. Escuchar los discos era una ceremonia cotidiana yfamiliar que compartía con los que le rodeamos y también en algunos artículos queescribió, descifrando los placeres de las melodías con entusiasmo. Tambiéncomiendo un trozo de chocolate, exaltando la hermosura de las gardenias de casa, lostipos de letras, las amistades y personajes de Zárate y sus anécdotas, la palmeraque veía desde la ventana de su cuarto, Hugo era un esteta. Los ecos de París, laciudad deseada, por cuyos rincones deambulamos persiguiendo las letras de sucronopio favorito, Julio Cortázar, cuando decía: "Yo creo que desde muy pequeñomi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A míno me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra "madre" erala palabra "madre" y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en lapalabra madre empezaba para mi un itinerario misterioso que a veces llegaba afranquear y en el que a veces me estrellaba. En suma, desde pequeño, mi relacióncon las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo engeneral. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas".


Esta fue la desobediencia con la que Hugo abordó lo establecido y encontró loextraordinario inmaterial que nos deja como patrimonio.

Lila Insúa Lintridis